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Me suena ese nombre, ¿Es de Latacunga? Sí ¿Qué apellido es?, ¿De qué barrio?

 

 

 

 

 

Por Carlos Sandoval

Y al escuchar las respuestas, todos decimos ¡Aaaaaah¡ ella será pues, claro que le conozco a la "mamitica", sobrina de la mamá de la ahijadita de mi tía es pues, vecina de la comadre del tío de mi papá, hija del que trabaja allá pues alado del negocio de la prima de don José.

 

Es verdad que siempre Latacunga fue pequeña, pero de guaguas jamás la vimos así, nos parecía lejísimos “el parque chochos” (hoy Parque Náutico Ignacio Flores), o “El Ejido” (hoy Aeropuerto, sector La Cocha). Si más no recuerdas tu abuelita de seguro te llevaba a misa y ahí era donde te dabas cuenta que no solo la iglesia era gigante, sino la cantidad de gente que saludaba con ella, y a ti con un grito de abuelita mismo te decían: “Qué bárbaro que grande que está el guagua”, “¿Cuántos años tiene mijito?”, “¿En qué grado está?”, y como siempre te daba un estirón de la mano tu abuelita y te decía “Salude mijito ques pues”, “Discúlpele no sé qué le estará pasando”.

 

Fue en ésta etapa de la vida donde supimos que nuestra abuelita era grande y más conocida que el bizcocho de dulce, ahora muchos las recordamos con nostalgia; es a ellas a quienes les debemos todo ese trabalenguas que se arma cuando nos hablan de alguien y decimos “me suena, me suena”. Crecimos y en el barrio, con los nietos de las vecinas jugábamos pelota, carnaval, canicas, trompos, y mientras crecíamos íbamos a la casa del niño o niña más “guaguayashca” de padres adinerados que como siempre era quien de regalo de navidad recibió un Play Station, una computadora, y caminaba “nanay” hecho el “alhajita” o si fuiste tú quien era ese niño pues “no te hagas” también te creías “muy mucho”.

 

Entramos al colegio y nos dábamos cuenta que a las niñas ya no se las veía de lejos, sino hasta con beso en la mejilla había que saludarles, o me vas a negar que tu abuelita no te decía: “Salude a su nueva amiguita, ya vaya a jugar mientras acabamos de cocinar”, en esas reuniones familiares donde tocaba sacar las sillas de la cocina para hacer alcanzar a tanta gente que entraba en Navidad.

 

En esta etapa ya debías oler bien, ya usabas camisas y ya no el “bvd” (bividi), la camiseta y el buso blanco que siempre te obligaban a ponerte. Siempre buscábamos la excusa perfecta para ir con los amigos/as a jugar y le decíamos a la abue que nos íbamos a la casa de “Doña Tere” la abuelita del Alejito nuestro mejor amigo, (que ahora ¿Dónde estará tu mejor “amiguis” de la infancia?).

 

En esta época ya nos sabíamos los nombres de los papás de nuestros amigos porque siempre tocaba decirle a alguien que de pidiendo permiso para salir de la casa y cuando escuchaban “está castigado/a” decíamos bueno gracias y colgábamos, pero eso sí, cuando había la posibilidad nos escapábamos, ¿O me van a negar?

 

Ya cuando tocaba ir a fiestas en las casas del cumpleañero/a o a la One Way (porque era la única que hacía matinés), la lista de nombres crecía más y más y la lista de travesuras también como la primera borrachera, el primer beso, el primer novio o la primera novia, o cualquier otra que si llegaba el chisme a la casa, nuestra abuelita nos defendía del “Tayta enojón” o de nuestra “mamá peliaringa”.

 

¡Ay abuelitas!, sin sus mil amigas que se reunían a tejer o a jugar telefunquen (este era su Facebook), Latacunga no tendría estos jóvenes veinte y treinta añeros que se conocen y tienen 286 o más amigos en común.

Benditas redes sociales, ahora no hace falta hacer nada para que la gente ya hable suponiendo “algo” por una publicación que hiciste, ahora las noticias de lo que pasa en esta tierra corren mucho más rápido que el agua del Cutuchi en época de llovizna. “Si te enteraste que ayer han asaltado a la tienda de la mamá del chico que está estudiando en la ESPE, ese chico que vive "acasito" alado de la panadería de Doña Rosa”. Hermoso este lenguaje tan mashca.

 

Cada vez que escucho un trabalenguas de estos, me acuerdo de ti abuelita querida, tú sabías hacer redes sociales, tú sabías el cumpleaños de toda la familia, tú sabías guardar en los álbumes de fotos los mejores recuerdos y cada que “había visitas” los sacabas para mostrar nuestras peores fotos.

 

ABUELITAS, sin ustedes LATACUNGA NO HUBIERA TENIDO GENTE TAN CERCANA Y ALLEGADA, no sería la ciudad donde todos nos conocemos. Ahora que estamos grandes, no permitamos que se mantenga ese mal refrán “ciudad pequeña, infierno grande”, cambiémoslo por “ciudad pequeña, amistades grandes.”